• Francisco José Soriano Tejeiro

HUA JIN. UN PUENTE ENTRE EL YIN Y EL YANG

El cuerpo material transformado es idéntico al Espíritu.

El Espíritu fundido se hace sutil, es uno con el Dao.

El cuerpo único se dispersa y se convierte en todos los fenómenos,

los fenómenos se confunden y se convierten en el cuerpo único.

Tratado sobre asentarse en el olvido (Zuowang Lun)

Yunji Qiqian


De todas las potencias con las que nos encontraremos en nuestra búsqueda sensitiva a través de la práctica del Taijiquan, el Jin de «transformar» ocupará una parte fundamental de nuestro tiempo de estudio y práctica. Esta exigencia de estudio queda justificada por la complejidad para comprender el concepto, adaptarnos a él y conseguir implementarlo como habilidad fundamental dentro del arte.


Vivimos en un universo en constante transformación. Estas transformaciones son ocasionadas por numerosas fuerzas orquestadas por un principio regulador de orden, forma y tiempo que en el ámbito que nos ocupa venimos a llamar Tao. El orden organizado que nos rodea, todo este entramado cósmico, es de tal magnitud que nuestra comprensión de él se limita a todo aquello que, en nuestra pequeña estructura de referencias, puede sernos de vital utilidad o de aparente trascendencia.


En el caso de un arte como el Taijiquan, que hunde sus raíces filosóficas en el concepto fundamental e inaprensible del Tao, todo depende de que entendamos el concepto de dualidad yin/yang y sepamos extrapolarlo a los diferentes momentos de los que se compone cualquier acción de nuestra vida.


Esta comprensión básica inicial nos alienta de algún modo a intentar descubrir la naturaleza fundamental de todo aquello que nos rodea en base a sus dos parámetros germinales. Según la filosofía taoísta, es a partir del yin y del yang (Taiji) cuando dan comienzo las manifestaciones que podemos constatar en nuestra experiencia vital. Todo lo que compone el denominado «cielo posterior», nuestro universo manifestado, está sujeto a esta dualidad como fundamento irrebatible del contexto existencial.


Nuestra energía, nuestra visión del mundo polarizada y modificada constantemente, fluye desde las infinitas combinaciones de perennes estados potenciales que alternan las influencias yin o yang de un instante en el tiempo y en el espacio. Cada evolución de esas modificaciones, o alteración de un estado de equilibrio, lo denominamos «proceso de transformación».


En el Taijiquan, que desarrolla sus fundamentos desde la visión más profunda de la cultura china, cada instante de nuestra existencia, cada momento de conflicto o de equilibrio, está determinado por un potencial de transformación evolutiva. Un potencial de transformación que se incrementa en una dirección determinada dando lugar a su vez a otros procesos derivados.


En el caso del conflicto físico, la evolución tendrá una tendencia en dos direcciones: una de equilibrio absoluto entre las dos fuerzas (acuerdo/comprensión mutua), o una de dominación absoluta de una sobre la otra (victoria/derrota). Cualquier proceso de conflicto que no se defina en base a estos extremos nos estará señalando un estado incompleto de la transformación perfecta del yang al yin propia de dicho momento o viceversa; estará en un estadio con potencialidades, pero sin un equilibrio definido y, por lo tanto, deberá continuar su evolución dinámica de una u otra forma hasta que dicho equilibrio se alcance.


Resumiendo lo visto hasta ahora, podemos concretar que navegamos en un mar de yin y yang en constante transformación que, sin un orden organizado en base a nuestras necesidades, interviene ocasionalmente en el transcurso de nuestra vida facilitándonos información del potencial evolutivo de ese instante en el que hemos entrado por dirección, destino o decisión.


Cuando aceptamos esta realidad, cuando aceptamos absolutamente que toda nuestra existencia está demarcada por estas dos ideas sujetas a unas leyes de oposición, transformación, subdivisión, interdependencia en consumo y generación y, por último, existencia vinculada, sólo entonces podemos empezar la labor de interpretación de nuestros gestos, nuestros actos, nuestro pensamiento, nuestra forma de movernos, nuestra forma de interactuar, nuestra forma de ver, amar, discutir, dialogar, etc. en términos de potenciales yin y yang.


A partir de ese momento, la lógica interpretativa de nuestra realidad particular dependerá de nuestra capacidad para intuir el potencial yin y yang que nos ocupa en cada instante de nuestra vida. Sólo con el desarrollo general de esta capacidad, en términos de habilidad, podremos enfrentarnos a los cambios, así como los envites que pudieran producirlos, con el nivel suficiente para poder mantener intacto nuestro Taiji interior y su relación como proceso con el exterior.


Para desarrollarla, para ser capaces de interpretar los potenciales y aplicar las transformaciones que nos permitan mantener el equilibrio, debemos ser capaces de fijar el contexto inicial equilibrado del que partimos. En él vamos a experimentar nuestra capacidad de asumir las transformaciones, seguirlas, generarlas, sentirlas y, en definitiva, utilizar con eficacia toda la información que hemos sido capaces de percibir en un estado de sensibilidad natural máximo. Todo ello con el único objetivo de mantener equilibrado nuestro discurrir vital, única condición inexcusable para que nuestra naturaleza primordial emerja y se desarrolle en la medida de sus posibilidades.


Ese equilibrio interno imprescindible depende, en primer lugar, de nuestro conocimiento de nuestra propia estructura corporal. También de los diferentes Jin de los que se compone la estructura de potencias del arte. Sin embargo, nos exige también un gran nivel de escucha interna para comprender las alternancias de llenos y vacíos energéticos que se producen en nuestro entramado general (cuerpo/mente/espíritu).


La transformación parece producirse por propia voluntad. Ocurre cuando sentimos que la estructura anatómica, esa desde la que hemos estado asumiendo la fuerza potencial de desequilibrio, no dispone ya de potencia suficiente de contención. Es cuando aparece la necesidad de canalizar la energía recibida absorbiendo, dispersando o devolviendo todo lo recibido.


En lo que se refiere a nuestro cuerpo, nuestro sistema nervioso organiza las tensiones y relajaciones estructurales (huesos, músculos, tendones, ligamentos, etc.) atendiendo a necesidades de palancas que no siempre garantizan la potencia, fuerza o dirección óptima según la filosofía de nuestro arte marcial. Los conceptos de no oposición y de absorción dependen en gran medida de nuestra reeducación de estos parámetros de control sobre las tensiones/relajaciones.


Este control nos plantea un problema que podemos resolver eficazmente en el contexto de nuestro entrenamiento del Taijiquan. Para ello debemos aplicarnos en descubrir nuestros límites estructurales iniciales, aquellos con potencia para transformación. Una buena vía para lograrlo es a través de los ejercicios de empuje de manos y de desarrollo de las técnicas.

En el Taijiquan se confunde a veces la idea de «no intención» con la de buscar realmente los límites estructurales del oponente. Cuando recibimos un empuje no tiene sentido, en el ámbito del entrenamiento, no intentar buscar el límite de nuestra capacidad relajada de respuesta. En la mayoría de los casos, nuestra negativa a caer, o nuestro miedo a la derrota, interrumpen lo que sería un trabajo fundamental de «inversión en pérdidas».


Podemos afirmar que resulta imprescindible para el arte que nos esforcemos en descubrir cómo se mueve nuestra energía, cómo responde nuestra programación de tensiones/relajaciones y, sobre todo, cuál es nuestra capacidad real de transformación.


Este problema, enquistado en numerosos practicantes, hace que la práctica del empuje de manos se convierta en un simple juego de movilidad que desaprovecha su potencial de experimentación. Para vislumbrar realmente dónde está el límite del acantilado de nuestra práctica debemos asomarnos a él. Y debemos hacerlo siendo conscientes de que podemos, y debemos, caer ocasionalmente desde él. En ese momento podremos conocer la profundidad de la caída, la imagen inferior de lo que suponíamos nuestro límite, nuestras sensaciones, nuestra respuesta corporal al cambio de peso, etc. Para alcanzar este límite debemos abordar nuestro estudio de las transformaciones en los restantes planos sutiles de nuestro ser.


La tensión/relajación en nuestra estructura no depende exclusivamente de fuerzas físicas externas, también depende en gran medida del impacto que puede recibir de nuestro estado emocional o de nuestra conducta racional. También nos tensamos o relajamos en base a parámetros emocionales tales como el miedo, la ira, la preocupación, la tristeza o la euforia. Nuestro estado emocional, vinculado a la estructura de pensamientos que lo genera, soporta y alimenta, afecta directamente al flujo de nuestra energía. Un fenómeno que hace mucho más compleja, no sólo la escucha de su movimiento interior, sino la intervención en el programa de dirección de llenos y vacíos al que podemos acceder por propia voluntad.


Cada movimiento emocional interrumpe nuestro potencial de poner orden en nuestro sistema energético de cinco elementos. La homeostasis de nuestros cinco elementos depende en gran medida de esta capacidad de regulación constante en términos de potenciales yin o yang. Es habitual que, en sensaciones de miedo, nuestras piernas flaqueen. En estados de ira nuestro cuerpo, en general, tendrá una tensión excesiva. Con la preocupación nuestra energía viajará desde la periferia hacia el interior. También nuestra tristeza nos encogerá y nuestra euforia dispersará nuestras reservas energéticas hacia el exterior.

Para regular todo esto debemos tener una estructura emocional tan sólida como nuestra estructura corporal. Todo ello dependerá de nuestra capacidad para desarrollar una virtud marcial (Wude) y unos valores fundamentales relacionados con esta ética, que fijen en profundidad nuestra estabilidad emocional .

En los tiempos que corren parece anacrónico hablar de virtud o de normas de conducta. Sin embargo, en las sociedades antiguas la necesidad de un orden de valores resultaba imprescindible para alcanzar el Dao. En el ideograma De encontramos tres conjuntos gráficos relativos a «caminar», a la «rectitud» y al «corazón»en su aceptado significado de mente/corazón. Este análisis de conjunto nos presenta una palabra que define una conducta recta y que afecta a nuestro equilibrio vinculado al corazón, director de nuestras emociones y alojamiento de nuestro espíritu en el marco de los cinco elementos anteriormente mencionados.


Todo esto nos lleva a la clara comprensión de que nuestra estructura estará sometida, además de a la fuerza que le afecte, también a la reacción emocional que dicha acción nos produzca y a los procesos mentales que la puedan generar o derivar de los cambios energéticos sufridos.


Por lo tanto, no sólo debemos buscar nuestro extremo de transformación en el límite de nuestra estructura física a través del empuje de manos. También debemos buscar nuestro extremo de transformación en nuestra estructura emocional para evitar que ésta sea la que asuma el gobierno de nuestra movilización energética óptima. La regulación dependerá de nuestra insistencia en acceder a esos límites más allá de las horas de entrenamiento.

Nuestra búsqueda para entender y dominar la «potencia de transformación» (Hua Jin) dependerá de nuestra capacidad de gobernar debidamente nuestro movimiento interior en términos de potenciales yin y yang, lo cual requerirá a su vez una revisión de nuestro enfoque vital, algo que sale inevitablemente de las puertas de nuestra sala de entrenamiento.


Hua Jin puede ser una potencia que estudiar el resto de nuestra vida por las implicaciones generales que tiene sobre ella. Las necesidades de flexibilidad, de comprensión, de diálogo, de saber escuchar antes de hablar, de comprender el límite del empuje contrario y acceder a él con reserva suficiente para no caer arrastrado, hacen de esta habilidad una necesidad vital para prosperar en la línea de nuestra búsqueda del Dao. La transformación es una necesidad cuando hemos llegado a un punto límite. El yin en su máximo se convierte en el comienzo del yang que germinaba en sus adentros para volver a convertirse en el germen creciente de su opuesto evolutivo complementario. Para aprender a transformar necesitamos comprender en profundidad este proceso y discernir con claridad los elementos que lo componen, tanto en el plano del conflicto como en los restantes contextos de nuestras vidas.


Establecida esta comprensión profunda del significado y de los elementos que intervienen en el proceso, podemos tratar de experimentarlo con insistencia no desaprovechando las oportunidades de ubicarlo en la práctica. En lo concerniente a la forma o Daolu, podemos observar los procesos de enlace entre técnicas y también entre una misma técnica con diferentes direcciones de ejecución.


También podemos observar las fases yin y yang dentro de la realización de la técnica para testear nuestro nivel de estabilidad mientras que este proceso está ocurriendo. Ese momento debemos extrapolarlo de forma repetitiva al plano de la aplicación marcial para averiguar cómo responde la estructura que vamos definiendo en el Daolu.


Por último, y no menos importante, debemos abordar el estudio de las ocho fuerzas direccionales principales en sus aplicaciones técnicas, o en el empuje de manos, observando los canales estructurales y energéticos que nos permiten la comunicación entre estas potencias sin que nuestro equilibrio central se modifique esencialmente.