• Francisco José Soriano Tejeiro

REFLEXIÓN Y MEDITACIÓN, LAS DOS PARTES DE UN TODO.



Reflexiono a veces sobre la estructura de nuestra mente, su versatilidad, su maleabilidad, su infinita capacidad para sorprendernos cuando, partiendo de una idea bien simple, acaba creando una maraña de complejas interacciones que nos confunden, nos complican la comprensión y nublan nuestro entendimiento consciente inmediato.


La naturaleza de nuestra mente es esquiva. Su autodefinición escapa por principios a cualquier intento de yugo paralizante. Extrema complejidad interpretativa que se simplifica si tenemos en cuenta cómo se establece nuestro conocimiento del entorno, cómo hemos sobrevivido hasta ahora.


La mente es ante todo un elemento funcional de nuestro ser. Del mismo modo en que nuestras piernas, manos y boca existen para garantizar nuestra operativa vital, la mente tiene su sentido en un mundo lleno de peligros, de oportunidades y de interrogantes que deben ir descubriéndose poco a poco en la medida en que el número de elementos que relacionamos es mayor.


En la práctica marcial resulta fundamental observar el proceso de maduración de la mente. Percibimos que nuestra capacidad de aprender cosas nuevas es muy ágil cuando el número de relaciones que tenemos que establecer entre ellas es pequeño, sin embargo, en la medida en que nuestro conocimiento se va ampliando parece que cuesta más integrar nuevos elementos.


Nuestra memoria sobre todo el conocimiento que vamos adquiriendo se establece en base a la utilidad de lo aprendido, es decir, en aquello de este nuevo conocimiento que guarda relación integral y productiva con los restantes elementos de nuestro cerebro y dispone de significado en el contexto general del conjunto.



Además de maravillarnos por su abrumadora complejidad, también podemos centrarnos en su naturaleza esencial en nuestra vida. Eso nos mostrará la necesidad de que trabajemos con ella de una forma organizada, limpia, coherente y efectiva.


Solemos hablar de ella como de un apósito acoplado a un algo que seguimos sin poder descifrar. Sin embargo, ella, nuestro cuerpo, nuestras sensaciones y nuestros sentimiento no son más que fractales interdependientes de un algo aún más complejo de lo que quizá podamos descubrir nunca en términos matemáticos. Forman partes inseparables de un todo en permanente interacción existencial.

Nuestra capacidad de aprender cosas nuevas es muy ágil cuando el número de relaciones que tenemos que establecer entre ellas es pequeño.

La naturaleza de la mente responde a nuestras necesidades como seres sintientes. Para vivir, para estar sanos, para reproducirnos, para alejarnos de los problemas mientras nos acercamos a las oportunidades y, sobre todo, para solucionarlos, necesitamos que nuestra mente haga bien su trabajo y que operemos desde ella con claridad y bondad.


Esta visión instrumental de la mente no es reduccionista. La mente es fundamentalmente una experiencia personal, una experiencia que se acentúa cuando la presión existencial crece. Como proceso inherente a la vida resulta dirigible, optimizable y entrenable en términos operativos, pero también tiene una finalidad superlativa en el conjunto del ser; es nuestra herramienta de elevación espiritual, de lo que llamamos en nuestra práctica «iluminación».



Esta mente ha sido investigada, explorada, desgajada hasta la saciedad por muchas escuelas filosóficas de la antigüedad y desde numerosos ámbitos científicos modernos. Conocer la mente es tener una idea de su sentido y de los resultados que ofrece sometida a determinado tipos de estímulos. Saber cómo reaccionará algo o qué producirá, no conlleva necesariamente el conocimiento profundo de su funcionamiento, de su origen y significado, pero nos da pistas que pueden resultar útiles en nuestra operativa diaria.


Otros aspectos de nuestra mente se nutren del conocimiento de sus respuestas, de su operativa funcional y de sus vínculos reactivos e interdependientes con los restantes aspectos del ser. Cuando meditamos, por ejemplo, estamos de algún modo acallando una parte del proceso en el que tenemos posibilidades de intervención. Al hacerlo logramos sentir cómo una parte más oculta, subconsciente, emerge y brilla por si sola sin necesidad de que nuestra zona consciente participe en dicho proceso.

La mente es nuestra herramienta de elevación espiritual, de lo que llamamos en nuestra práctica «iluminación».

La mente que razona es la misma que la que medita. Sin embargo, el estado mental que asumimos en cada caso es diferente. El primero se dirige hacia afuera, intenta descifrar los enigmas de nuestro mundo y de nuestra posición en él. El segundo es el que dirigimos hacia dentro, para sentir nuestro proceso interior sin palabras, solo con intuición, sentimiento y comprensión iluminada. Los dos caminos operan en términos de actividad diferentes, dos estados mentales superpuestos que se nutren mutuamente cuando cada uno se circunscribe a su mundo y confluyen a modo de experiencia personal en el meditador.


El meditador es, por lo tanto, también un reflexionador. No podemos separar el yin del yang, lo externo de lo interno, aunque ambos territorios deben tener sus reglas, su color y su ámbito de funcionamiento natural.



Cuando queremos entrenar la mente, tenemos que intentar entender todos los retos que se nos presentan. Por un lado, tenemos que alimentar estos dos mundos interdependientes evitando por completo la interferencia natural de uno sobre el otro en su eterna pugna. Equilibrar esta tensión para que el círculo existencial tenga una forma esférica perfecta requiere que entrenemos las dos polaridades del círculo, la del mundo del conocimiento, la reflexión, la comprensión racional de nuestra realidad, y la del mundo del descubrimiento, el control, la observación y la sorpresa intuitiva del descubrimiento profundo al que nos lleva la abstracción meditativa.

La mente que razona es la misma que la que medita. Sin embargo, el estado mental que asumimos en cada caso es diferente.

Los métodos de lograr estos desarrollos nacen de una mente que piensa, que organiza y que establece lógicas para hacerlo. Sin embargo, terminados los preparativos para su acción interna o externa, debemos someternos a las reglas fundamentales que operan en cada uno de estos dos planos. La línea curva intermedia que separa, y a la vez interconecta, estas dos realidades de nuestra experiencia y de nuestros estados mentales es el eje dinámico que debemos establecer de partida para que no existan estas interferencias, para que exista complementariedad e integración de logros en el todo aglutinante del Ser. Podemos definir este eje como el pilar de principios que rigen toda la estructura de nuestra acción sobre la mente.


La observación, la concentración, la focalización, el control respiratorio, la estructura corporal implicada, el espíritu emocional adquirido, la intención y la voluntad de acción, la permanencia, la insistencia, la paciencia y el conocimiento de la ruta y procedimientos que debemos seguir en nuestro esquema dinámico de expansión.


El compromiso con este trabajo es profundo. En muchas tradiciones se realizaban votos vinculados a la determinación de llevar a cabo la tarea. Muchos de ellos partían de un primer concepto inquebrantable que condujese todo el proceso: el amor. Amar la acción, la vida, los resultados y las incertidumbres, desarrollar este amor por la vida activa que guía nuestra existencia es inherente a nuestra conducta y estado mental.


El amor es, además de un sentimiento, una decisión para abordar todo lo que tenemos capacidad de mover. Podemos tomar la decisión por esta vía, por amar y por centrarnos con amor en nuestro proceso de crecimiento personal real. Desde este amor, abordar el espíritu compasivo hacia todos los seres que nos transmiten las antiguas tradiciones, un espíritu que nos ayuda a transitar una vía de enriquecimiento interior convirtiendo en oro todo aquello que tocamos al hacerlo. Un amor que nos permite distinguir con claridad todo aquello que se aleja irremediablemente de él.



Lejos de la visión tenebrosa de esta parábola, podemos asimilarla desde esta perspectiva que otorga un sentido inquebrantable a la existencia: amar al prójimo para que nuestra acción no esté enfocada exclusivamente en nosotros. Debemos escapar del uróboros que se devora a si mismo alimentando sin descanso su propio final mientras se regocija en su efímera encrucijada. El círculo que nos contiene es un modelo expansivo, conectivo y universal. Un modelo que compartimos con todos los seres que, de un modo u otro, forman parte de nuestra realidad.


Lo hacen con sus más y sus menos, con sus intenciones claras u oscuras, con su estado de amor o de odio, con su voluntad o su pereza. Están junto a nosotros y van con nosotros en este fascinante viaje por el universo interior y exterior, unas veces aportando, otras impidiendo, otras restando o acelerando procesos tanto positivos como negativos.


Lograr estos pequeños grandes objetivos es posible si queremos realmente madurar más allá del mero homo laborans en el que nos estamos convirtiendo poco a poco. Para lograrlo tenemos que definir con claridad lo externo e interno de nuestra existencia, establecer la vía para lograrlo según todo el conocimiento que hemos heredado, fijar las leyes que rigen la expansión interconectada de estos dos universos mentales, sin desvincularlos de la experiencia física de la materia existente y hacerlo todo desde el amor envolvente hacia nuestros semejantes, sin falsedades y con la absoluta sinceridad que emana de una acción íntegra de evolución personal.